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El artista canadiense Antoine Gaber reaviva el primer impresionismo
retomando la pincelada de los maestros franceses, en un gesto
de apropiación -típico del arte contemporáneo-
de un época clave en la historia del arte.
No obstante,
a diferencia de otros artistas de la posmodernidad que "citan"
en sus obras imágenes ya clásicas para arrancarles
su status de iconos, Gaber retorna a escenas o imágenes
inscritas para siempre en la memoria (las lilas sobre el agua
de Monet) como un modo de rendir homenaje a aquellas obras
imperecederas que transformaron radicalmente la concepción
del arte.
Pero además,
las alusiones de su trabajo a las pinturas de esos artistas
del siglo XIX que renunciaron al intento de reproducir de
forma mimética la realidad, para captar la "impresión"
que la luz sobre las cosas dibuja en la mirada del perceptor,
van todavía más lejos: Antoine Gaber pinta buscando
provocar una transformación en el espectador que se
apoya en el poder de la contemplación.
Como se
sabe, el impresionismo rompió la noción del
arte como una representación objetiva de la realidad.
La preocupación de fijar el mundo tal y como es, se
desplazó hacia el intento de captar la impresión
que éste provocaba en los ojos del observador. Las
pinceladas capturaban las formas bajo el cambiante tamiz de
la luz buscando fijar la percepción de un instante
preciso, de ese paisaje siempre distinto que es todo espacio
exterior sujeto al paso de las horas del día.
Gaber
busca, por su parte, extender ese desplazamiento del eje de
la representación que cumplieron los impresionistas
al punto en que la pintura traspasa las fronteras de la mirada
del observador y se sitúa como el umbral visual de
una transformación interna. Su pintura incluye así
la noción de que el contacto con lo visto tiene el
poder de alterar el estado interior del espectador que se
mete dentro de la pintura, al modo de la leyenda del artista
zen que en las paredes de la cárcel pintó un
paisaje y escapó entrando en él.
Partiendo
de esa perspectiva se comprende el surgimiento de una característica
de su desarrollo creativo que es, a la vez, una tendencia
de creciente presencia en el arte actual: la aspiración
de sanar (curar, dar alivio o infundir fuerza vital) al espectador.
Ser absorbido por lo que se contempla es el paso previo a
ser curado por un arte que surge del juego de la luz sobre
lo existente.
El término
"healing art" no tiene siquiera una traducción
precisa como concepto en español puesto que va más
allá del arte como terapia, una expresión que
alude al bienestar que puede obtener una persona enferma al
expresarse a través del arte. Es otro el caso del proceso
creativo en Antoine Gaber que desemboca en un arte que busca
producir alivio o gozo en quien lo contempla.
En el
grito de Munch, en las poderosas expresiones de un Basquiat
alucinado, desamparado en Manhattan, o en las pinturas maculadas
que Andres Serrano hace con sus propios líquidos corporales,
por mencionar apenas tres creadores, se advierte hasta qué
punto una fuerte vertiente del arte contemporáneo sirve
de espejo y rito de exorcismo para un mundo enfermo.
Ese otro
arte que no busca reflejar los males del siglo, sino sanar
el alma (y también el cuerpo) de cada ser que se detiene
ante la obra, es mucho más escaso y su estudio reviste
interés. La vía de la creación que se
apropia conscientemente de la función sanadora del
arte ha sido menos transitada y no se ha desarrollado un cuerpo
teórico que la explique suficientemente. En ese sentido,
las implicaciones de la obra de este pintor canadiense plantean
nuevos interrogantes.
De niño,
Antoine Gaber veía pintar a su tío materno con
fascinación. Igualmente
sentía un vasto asombro ante las fotografías.
Lejos de habituarse al mágico proceso que permite fijar
una imagen del mundo para siempre en una hoja, ese asombro
inacabable lo impelió a tomar incontables fotos y ya
de adolescente a montar un pequeño cuarto oscuro que
llegó a convertir en un estudio fotográfico
donde hacía retratos artísticos y revelaba imágenes
de los parajes naturales que desde entonces eran una fuente
de paz.
"Entrar en la naturaleza me otorgaba calma y la sensación
de que el tiempo se aquietaba y me permitía comunicarme
con Dios y apreciar la belleza del mundo creado que me rodeaba",
evoca.
Aunque pasaron décadas antes de que esa experiencia
desembocara en la pintura, Gaber había captado la potencia
de un momento en el que los ojos "ven" una mezcla
de colores en el paisaje que de algún modo es el reflejo
perfecto del sentimiento que el alma alcanza en un instante
que concentra la eternidad.
Hace sólo
12 años comenzó a pintar, sin acudir a ninguna
academia, observando las obras de los grandes maestros impresionistas,
el éxtasis de la luz que los objetos reflejan en gamas
que recorren todas las escalas del rojo al violeta. En sus
pinturas el negro está ausente, pero en cambio hay
hechizantes juegos de sombras y reflejos, y sus trazos persiguen
expresar la liberación que ocurre en el alma ante la
experiencia de la belleza.
Si la
veta impresionista le dio esa libertad del trazo y tiene en
común con el expresionismo la conexión del proceso
pictórico con el sentimiento interior, Gaber añade
a su obra la intencionalidad de artistas centrales en el arte
contemporáneo como Lygia Clark, en cuanto busca incitar
la participación del espectador. Si bien no construye
esculturas o "bichos" al modo de la brasileña
que dio un status de arte a los procesos curativos, y que
incitaba al espectador a usar sus obras interactuando con
éstas corporalmente, Gaber pinta sus paisajes para
tocar la interioridad del espectador.
Su arte
es provocativo en un sentido contrario al de la trasgresión
-tan característica del arte que surge en una sociedad
disgregada como la actual- pues en lugar de buscar perturbar
la mirada, mezcla colores y formas para aquietar la visión
del espectador que en cierto sentido es también un
paciente. Esta función no es tampoco ajena a obras
que cambiaron las fronteras del arte como las performances
inolvidables con los que Joseph Beuys representaba su proceso
personal de curación, si bien el estilo en el que Gaber
deposita esa tarea -en su momento tan revolucionario- pertenece
ya a las referencias de la antigua tradición artística.
Pero justamente
nunca como hoy se ha comprendido de modo tan claro que es
en el uso del objeto artístico donde radica su poder
de re-actualización. Los paisajes impresionistas de
Monet son de algún modo "objetos encontrados"
que Gaber usa para una función novedosa, ligada a su
biografía: la curación. "Liberar a la gente
es el alma del arte", decía Beuys.
Como médico
oncólogo dedicado al desarrollo de nuevas medicinas
para la curación del cáncer, Antoine Gaber ha
vivido con una conciencia atenta al dolor humano y particularmente
al dolor causado por las células que destruyen el propio
sistema corporal. Es casi natural que de manera paralela a
las investigaciones farmacéuticas que emprendía
como médico para aliviar ese dolor, como artista recordara
la fuerza imantada que emana de los paisajes de Monet y buscara
usar conscientemente la inmensa concentración de luz
y entusiasmo vital para pintar parajes que pueden llevar al
espectador a una realidad distinta de la de su cuerpo perturbado:
son espacios que le recuerdan que en algún lugar del
mundo (y de su interior) existe plena paz, quieta calma y
colores que ejecutan la sutil danza de la armonía.
Después de haberse consagrado al estudio minucioso
de una técnica, como hizo cuando copió con minuciosa
habilidad La orquesta, de Degás, Gaber reinterpretó
La modelo, uno de los cuadros más conocidos de Tamara
de Lempika, la famosa artista Art Decó. Aunque fue
la única ocasión en que se apartó del
estilo impresionista, ese trabajo pictórico -utilizado
en el lanzamiento de una nueva droga contra el cáncer-
revela el eje vital de su arte: la compasión como consciencia
compartida del dolor humano.
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Antoine
Gaber ,La orquesta, de Degás
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Antoine
Gaber reinterpretó La modelo, de Tamara de
Lempika,
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La
mujer cubre una parte de su cara con su brazo y, a diferencia
del seno desnudo perfectamente redondo del cuadro original,
la modelo de Gaber ha sufrido una intervención quirúrgica
que ha alterado su redondez, y su brazo es más largo
de lo usual, tal como en efecto ocurre como efecto colateral
de este tipo de operación. La casi imperceptible mutilación
del cuerpo embarga de una fuerte carga emocional a la mujer
del cuadro que experimenta el estigma de la enfermedad. Gaber
capta el nivel profundo de lo que pasa.
Ese mismo sentido de la compasión, ligado a una preocupación
estética, hizo que en 2004 Gaber lanzara su programa
filantrópico "Pasíon por la vida",
para utilizar el producto de sus ventas artísticas
en el financiamiento de investigaciones dedicadas a encontrar
la cura del cáncer. Obtener el Premio del Presidente
" Lorenzo il Magnífico" en reconocimiento
a su carrera artística, por su visión social
y a su iniciativa artística, no sólo significó
un reconocimiento personal, sino la adhesión de 13,000
artistas del mundo entero dispuestos a apoyar esta iniciativa
a la cual se ha asociado la Bienal de Florencia.
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Cuando en sus vacaciones Gaber recorre el Sena en los alrededores
de Giverny y se detiene para crear sus óleos en las
mismas regiones donde Monet y los demás impresionistas
pintaron su visión del mundo, siente que ha vuelto
a casa al hacerse presente en esos lugares que sirvieron de
inspiración a sus maestros. Pero además, tiene
la certidumbre de poder transmitir ese antídoto contra
el dolor que es la conexión con un instante infinito
donde la luz se irradia sobre un paisaje.
El dorado que cubre como un velo la arboleda en su pintura
" Forest
Path, Early Morning 1"
y eleva el paraje a un reino donde el espectador querría
permanecer para siempre; sus bellas series de ocasos; y esas
escenas similares a las "Daydreaming Young Girl in the
Garden "
provocan, a través de la sutileza del trazo, cálidos
matices que capturan la luz hasta casi provocar la ilusión
del sol sobre la piel. La experiencia de comunión con
lo bello es en el fondo una restauración de la unidad
perdida.
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Forest
Path, Early Morning 1, 2000
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Daydreaming
Young Girl in the Garden, 2000.
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Antoine Gaber aspira a una meta altísima: crear, en
medio del caos de un mundo incesantemente agitado y enfermo,
un umbral, una puerta ante la cual sea posible sentirse hipnotizado
y escapar, no para perderse, sino para encontrarse. La sobrecogedora
experiencia de un observador enfermo que llora ante sus parajes
sintiendo que le ha bastado verlos para vislumbrar la posibilidad
de una regeneración y para sentir una unidad con el
universo, es indescriptible. En lo más profundo, el
médico y el artista -y ambos coexisten en él-
cumplen una area: ser canales para restablecer la belleza
del universo.
"No
intento superar a Monet. Cito su obra para crear serenidad
y restablecer el equilibro emocional". La experiencia
del espectador ante su obra está íntimamente
ligada a la reconexión con lo sagrado. Hay una puerta
en su pintura hacia esa "otra orilla", que sólo
se vislumbra desde la experiencia poética que roza
lo racionalmente indemostrable. La posibilidad de sanar el
alma de la civilización, implica usar la mirada de
un modo ya olvidado en medio de la ceguera contemporánea:
recrear la belleza del universo hecho por Dios a través
de un arte que extrae su fuerza del misterio que enlaza todas
las formas.
Por algo,
casi siempre Antoine Gaber pinta paisajes de flores. Dicen
que ellas son lo único que quedó en la tierra
del paraíso. Intentar recrearlo es la tarea más
alta del artista.
Adriana
Herrera Téllez, Miami, Florida
Janvier
2006
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