Antoine Gaber y la exploracion contemporanea del arte que sana por: Adriana Herrera Téllez

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Adriana Herrera Téllez

Periodista, y Crítico de Arte, Miami, Florida

El artista canadiense Antoine Gaber reaviva el primer impresionismo retomando la pincelada de los maestros franceses, en un gesto de apropiación -típico del arte contemporáneo- de un época clave en la historia del arte.

No obstante, a diferencia de otros artistas de la posmodernidad que “citan” en sus obras imágenes ya clásicas para arrancarles su status de iconos, Gaber retorna a escenas o imágenes inscritas para siempre en la memoria (las lilas sobre el agua de Monet) como un modo de rendir homenaje a aquellas obras imperecederas que transformaron radicalmente la concepción del arte.

Pero además, las alusiones de su trabajo a las pinturas de esos artistas del siglo XIX que renunciaron al intento de reproducir de forma mimética la realidad, para captar la “impresión” que la luz sobre las cosas dibuja en la mirada del perceptor, van todavía más lejos: Antoine Gaber pinta buscando provocar una transformación en el espectador que se apoya en el poder de la contemplación.

Como se sabe, el impresionismo rompió la noción del arte como una representación objetiva de la realidad. La preocupación de fijar el mundo tal y como es, se desplazó hacia el intento de captar la impresión que éste provocaba en los ojos del observador. Las pinceladas capturaban las formas bajo el cambiante tamiz de la luz buscando fijar la percepción de un instante preciso, de ese paisaje siempre distinto que es todo espacio exterior sujeto al paso de las horas del día.

Gaber busca, por su parte, extender ese desplazamiento del eje de la representación que cumplieron los impresionistas al punto en que la pintura traspasa las fronteras de la mirada del observador y se sitúa como el umbral visual de una transformación interna. Su pintura incluye así la noción de que el contacto con lo visto tiene el poder de alterar el estado interior del espectador que se mete dentro de la pintura, al modo de la leyenda del artista zen que en las paredes de la cárcel pintó un paisaje y escapó entrando en él.

Partiendo de esa perspectiva se comprende el surgimiento de una característica de su desarrollo creativo que es, a la vez, una tendencia de creciente presencia en el arte actual: la aspiración de sanar (curar, dar alivio o infundir fuerza vital) al espectador. Ser absorbido por lo que se contempla es el paso previo a ser curado por un arte que surge del juego de la luz sobre lo existente.

El término “healing art” no tiene siquiera una traducción precisa como concepto en español puesto que va más allá del arte como terapia, una expresión que alude al bienestar que puede obtener una persona enferma al expresarse a través del arte. Es otro el caso del proceso creativo en Antoine Gaber que desemboca en un arte que busca producir alivio o gozo en quien lo contempla.

En el grito de Munch, en las poderosas expresiones de un Basquiat alucinado, desamparado en Manhattan, o en las pinturas maculadas que Andres Serrano hace con sus propios líquidos corporales, por mencionar apenas tres creadores, se advierte hasta qué punto una fuerte vertiente del arte contemporáneo sirve de espejo y rito de exorcismo para un mundo enfermo.

Ese otro arte que no busca reflejar los males del siglo, sino sanar el alma (y también el cuerpo) de cada ser que se detiene ante la obra, es mucho más escaso y su estudio reviste interés. La vía de la creación que se apropia conscientemente de la función sanadora del arte ha sido menos transitada y no se ha desarrollado un cuerpo teórico que la explique suficientemente. En ese sentido, las implicaciones de la obra de este pintor canadiense plantean nuevos interrogantes.

De niño, Antoine Gaber veía pintar a su tío materno con fascinación. Igualmente sentía un vasto asombro ante las fotografías. Lejos de habituarse al mágico proceso que permite fijar una imagen del mundo para siempre en una hoja, ese asombro inacabable lo impelió a tomar incontables fotos y ya de adolescente a montar un pequeño cuarto oscuro que llegó a convertir en un estudio fotográfico donde hacía retratos artísticos y revelaba imágenes de los parajes naturales que desde entonces eran una fuente de paz.

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“Entrar en la naturaleza me otorgaba calma y la sensación de que el tiempo se aquietaba y me permitía comunicarme con Dios y apreciar la belleza del mundo creado que me rodeaba”, evoca.

Aunque pasaron décadas antes de que esa experiencia desembocara en la pintura, Gaber había captado la potencia de un momento en el que los ojos “ven” una mezcla de colores en el paisaje que de algún modo es el reflejo perfecto del sentimiento que el alma alcanza en un instante que concentra la eternidad.

Hace sólo 12 años comenzó a pintar, sin acudir a ninguna academia, observando las obras de los grandes maestros impresionistas, el éxtasis de la luz que los objetos reflejan en gamas que recorren todas las escalas del rojo al violeta. En sus pinturas el negro está ausente, pero en cambio hay hechizantes juegos de sombras y reflejos, y sus trazos persiguen expresar la liberación que ocurre en el alma ante la experiencia de la belleza.

Si la veta impresionista le dio esa libertad del trazo y tiene en común con el expresionismo la conexión del proceso pictórico con el sentimiento interior, Gaber añade a su obra la intencionalidad de artistas centrales en el arte contemporáneo como Lygia Clark, en cuanto busca incitar la participación del espectador. Si bien no construye esculturas o “bichos” al modo de la brasileña que dio un status de arte a los procesos curativos, y que incitaba al espectador a usar sus obras interactuando con éstas corporalmente, Gaber pinta sus paisajes para tocar la interioridad del espectador.

Su arte es provocativo en un sentido contrario al de la trasgresión -tan característica del arte que surge en una sociedad disgregada como la actual- pues en lugar de buscar perturbar la mirada, mezcla colores y formas para aquietar la visión del espectador que en cierto sentido es también un paciente. Esta función no es tampoco ajena a obras que cambiaron las fronteras del arte como las performances inolvidables con los que Joseph Beuys representaba su proceso personal de curación, si bien el estilo en el que Gaber deposita esa tarea -en su momento tan revolucionario- pertenece ya a las referencias de la antigua tradición artística.

Pero justamente nunca como hoy se ha comprendido de modo tan claro que es en el uso del objeto artístico donde radica su poder de re-actualización. Los paisajes impresionistas de Monet son de algún modo “objetos encontrados” que Gaber usa para una función novedosa, ligada a su biografía: la curación. “Liberar a la gente es el alma del arte”, decía Beuys.

Como médico oncólogo dedicado al desarrollo de nuevas medicinas para la curación del cáncer, Antoine Gaber ha vivido con una conciencia atenta al dolor humano y particularmente al dolor causado por las células que destruyen el propio sistema corporal. Es casi natural que de manera paralela a las investigaciones farmacéuticas que emprendía como médico para aliviar ese dolor, como artista recordara la fuerza imantada que emana de los paisajes de Monet y buscara usar conscientemente la inmensa concentración de luz y entusiasmo vital para pintar parajes que pueden llevar al espectador a una realidad distinta de la de su cuerpo perturbado: son espacios que le recuerdan que en algún lugar del mundo (y de su interior) existe plena paz, quieta calma y colores que ejecutan la sutil danza de la armonía.

Después de haberse consagrado al estudio minucioso de una técnica, como hizo cuando copió con minuciosa habilidad La orquesta, de Degás, Gaber reinterpretó La modelo, uno de los cuadros más conocidos de Tamara de Lempika, la famosa artista Art Decó. Aunque fue la única ocasión en que se apartó del estilo impresionista, ese trabajo pictórico -utilizado en el lanzamiento de una nueva droga contra el cáncer- revela el eje vital de su arte: la compasión como consciencia compartida del dolor humano.

La mujer cubre una parte de su cara con su brazo y, a diferencia del seno desnudo perfectamente redondo del cuadro original, la modelo de Gaber ha sufrido una intervención quirúrgica que ha alterado su redondez, y su brazo es más largo de lo usual, tal como en efecto ocurre como efecto colateral de este tipo de operación. La casi imperceptible mutilación del cuerpo embarga de una fuerte carga emocional a la mujer del cuadro que experimenta el estigma de la enfermedad. Gaber capta el nivel profundo de lo que pasa.

Ese mismo sentido de la compasión, ligado a una preocupación estética, hizo que en 2004 Gaber lanzara su programa filantrópico “Pasíon por la vida”, para utilizar el producto de sus ventas artísticas en el financiamiento de investigaciones dedicadas a encontrar la cura del cáncer. Obtener el Premio del Presidente “Lorenzo il Magnífico” en reconocimiento a su carrera artística, por su visión social y a su iniciativa artística, no sólo significó un reconocimiento personal, sino la adhesión de 13,000 artistas del mundo entero dispuestos a apoyar esta iniciativa a la cual se ha asociado la Bienal de Florencia.

Cuando en sus vacaciones Gaber recorre el Sena en los alrededores de Giverny y se detiene para crear sus óleos en las mismas regiones donde Monet y los demás impresionistas pintaron su visión del mundo, siente que ha vuelto a casa al hacerse presente en esos lugares que sirvieron de inspiración a sus maestros. Pero además, tiene la certidumbre de poder transmitir ese antídoto contra el dolor que es la conexión con un instante infinito donde la luz se irradia sobre un paisaje.

El dorado que cubre como un velo la arboleda en su pintura ” Forest Path, Early Morning 1″ y eleva el paraje a un reino donde el espectador querría permanecer para siempre; sus bellas series de ocasos; y esas escenas similares a las “Daydreaming Young Girl in the Garden ” provocan, a través de la sutileza del trazo, cálidos matices que capturan la luz hasta casi provocar la ilusión del sol sobre la piel. La experiencia de comunión con lo bello es en el fondo una restauración de la unidad perdida.

Antoine Gaber aspira a una meta altísima: crear, en medio del caos de un mundo incesantemente agitado y enfermo, un umbral, una puerta ante la cual sea posible sentirse hipnotizado y escapar, no para perderse, sino para encontrarse. La sobrecogedora experiencia de un observador enfermo que llora ante sus parajes sintiendo que le ha bastado verlos para vislumbrar la posibilidad de una regeneración y para sentir una unidad con el universo, es indescriptible. En lo más profundo, el médico y el artista -y ambos coexisten en él- cumplen una area: ser canales para restablecer la belleza del universo.

“No intento superar a Monet. Cito su obra para crear serenidad y restablecer el equilibro emocional”. La experiencia del espectador ante su obra está íntimamente ligada a la reconexión con lo sagrado. Hay una puerta en su pintura hacia esa “otra orilla”, que sólo se vislumbra desde la experiencia poética que roza lo racionalmente indemostrable. La posibilidad de sanar el alma de la civilización, implica usar la mirada de un modo ya olvidado en medio de la ceguera contemporánea: recrear la belleza del universo hecho por Dios a través de un arte que extrae su fuerza del misterio que enlaza todas las formas.

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Por algo, casi siempre Antoine Gaber pinta paisajes de flores. Dicen que ellas son lo único que quedó en la tierra del paraíso. Intentar recrearlo es la tarea más alta del artista.

Adriana Herrera Téllez, Miami, Florida
Janvier 2006