Antoine Gaber: El arte del paisaje 

ArgeliaCastillo

Argelia Castillo

Miembro de la Asociación Argentina de Críticos de Arte, de la Asociación Internacional de Críticos de Arte y es integrante de la Secretaría Regional de AICA para América Latina y el Caribe.

“La obra de arte es un fragmento de la
Creación visto por un temperamento.”
Emile Zola

Con innegable intuición y enorme pasión, el artista canadiense Antoine Gaber evoca el espectáculo de la naturaleza a través de sinfonías cromáticas orquestadas por la luz. Sus paisajes, que recrean perspectivas campestres, vergeles, escenarios marítimos, vistas fluviales y fantasías florales, constituyen una poética naturalista cuyo sentido último reside en la exaltación de la vida.
Y es que Gaber plasma la naturaleza no como mero ejercicio de descripción o reproducción fiel de las formas de los elementos, sino como sabia transcripción de un lenguaje permeado por una emoción profunda. La trasposición que este pintor lleva a cabo en el lienzo, es decir, su depuración del mundo natural observable mediante la capacidad de sugerencia lírica de la imagen, indica también su evidente sentimiento de comunión con la naturaleza. En efecto, la naturaleza representada por Gaber no es nunca territorio ni indómito ni domesticado, sino fuente inagotable de inspiración creativa y placer existencial.
Ahora bien, si la transfiguración plástica del género pictórico en cuestión presupone el estudio del ambiente natural, entonces se advierte en este paisajista de formación autodidacta la vocación de observador constante, paciente y atento de la naturaleza. Artista viajero, sus ojos infatigables buscan por doquier motivos en presencia de los cuales teñir sus telas, sea recorriendo la campiña y las riberas europeas o atravesando de costa a costa la geografía canadiense. En esos “fragmentos de la Creación” por él percibidos y estampados en innumerables cuadros, hay un alejamiento de los cánones dictados por el realismo academicista.
En cambio, Gaber descubre en la manera impresionista una libertad expresiva por completo afín a su sensibilidad y temperamento.
Se trata, con todo, de una elección estilística precedida de la poderosa seducción ejercida sobre este pintor originario de El Cairo por la luz y los uno y mil reflejos en la superficie fluvial de Egipto, tierra de culto milenario al sol y país que Herodoto calificó como “don del Nilo”.
Así, recuperando tanto la temprana influencia de su entorno natal como el legado del célebre movimiento pictórico francés del último tercio del siglo XIX, Gaber se entrega a registrar con pintura al óleo la impresión fugaz producida por las formas eternamente cambiantes de la naturaleza. Le interesa capturar sobre todo vistas en perenne transformación a causa de la variación de los efectos lumínicos y atmosféricos relacionados con las diversas horas del día y las diferentes estaciones del año.

Con tal fin, se sirve de una paleta habitada por la metamorfosis de la luz: desde los albores anaranjados del amanecer que se abren paso sobre un campo aún sumergido en las sombras (Dawn, Island View, New Brunswick, 2004) hasta la espectral penumbra glauca animada por el claro de luna (Moonlight on the Nile, 1998), pasando por el estallido dorado de la irradiación matinal (Forest Path, Early Morning 1, 2000) y los fulgores crepusculares violetas de sus numerosas versiones del ocaso (Sunset in Tuscany, 1999; Sunset on the Sea 1, 2000; Paris, Sunset on La Seine 1, 2002).

Al tránsito del binomio color-luz según las particularidades de los tiempos señalados por equinoccios y solsticios pertenecen obras como Canadian Winter Scenery 2 (2002), Hampton, N.B., Fall Reflection 2 (2003) y Spring in the Apple Orchard (1998).

En la primera de ellas, el artista aplica una densa pasta de pintura azulada -alusiva al gélido clima invernal- que despliega a modo de un mar de nieve, del cual emergen como islas grupos de pinos con ramas centelleantes de hielo cristalizado. En la segunda, recurre a un conjunto de manchas rojizas que, exaltadas por el sombreado verde, impregnan el follaje otoñal con una última promesa de tibieza. En la tercera, utiliza diminutos toques de color para dar cuenta de un paisaje bañado por el sol en una diáfana jornada primaveral.

A la riqueza cromática y la libertad de la pincelada corresponde una organización espacial donde en ocasiones los planos llegan a fundirse y confundirse (Sailing at Sunset 1, 2004) o se muestran sutilmente separados en virtud de la degradación tonal de los elementos en lontananza (La Seine Near Giverny, 1999).

Con mayor frecuencia, las composiciones de este pintor nacido en 1957 otorgan gran importancia al primer plano, poblado de masas de agua o de vegetación, cuyas ondulaciones transmiten dinamismo a la construcción plástica en que asoman formas de contornos difusos (Sailing in Rough Sea, Normandy, 2001; Poppies Beyond the Village, 1999).

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Daydreaming Young Girl in the Garden, 2000.

Debido a que la naturaleza es la protagonista de los cuadros de Gaber, pocas veces aparece en ellos la figura humana. Cuando lo hace, carece del detalle fisonómico y, más bien, se encuentra inmersa armónicamente en la unidad paisajística palpitante de luz y color, tal como sucede en Daydreaming Young Girl in the Garden, 2000.

 

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Daffodils, Still Life 1, 2002

No obstante, en varias de sus obras, el hombre no es un intruso en la grandeza solitaria de la naturaleza, sino una presencia referida por objetos que atestiguan su huella: en las marinas, faros y pequeñas embarcaciones; en los escenarios campestres, caseríos, cobertizos, cercas y, en especial, senderos o veredas.
Tales caminos, bordeados a menudo de simétricas disposiciones de setos o matorrales floridos (Garden in Giverny, 2001 y 2002) o de rítmicas hileras de árboles a través de cuyas ramas se filtran los rayos solares (Forest Path in the Afternoon, 2004), guian la mirada del espectador durante su travesía por el lienzo.

 
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Poppies in the Garden 7, 2004

Asimismo, hay que señalar la predilección del artista canadiense no sólo por el paisaje panorámico, sino también por la representación de enclaves menos extensos de la naturaleza. Al respecto, destaca su abundante producción con el tema de los nenúfares (serie intitulada Water Lilies y que incluye una veintena de pinturas realizadas entre 1998 y 2003).
Contagiado de la tenaz voluntad de transmutar en el cuadro la visión de máxima instantaneidad ofrecida por la prodigiosa vibración de la luz en la superficie del agua, que condujo a Claude Monet y sus ninfeas a los límites extremos del impresionismo y a los umbrales de la abstracción, Gaber emprende un verdadero peregrinaje a los jardines acuáticos de Giverny.
Se consagra entonces a sus propias búsquedas en las aguas ensimismadas de los estanques, plasmando las atractivas complejidades de un medio donde flotan las grandes hojas planas y los pétalos multicolores de los nenúfares, entremezclados con el sinfín de matices provenientes del reflejo del cielo, las nubes y la vegetación que crece en las orillas.
Igualmente, mención especial ameritan las naturalezas muertas de Gaber, circunscritas a motivos florales. En formatos verticales, el pintor representa manojos de asteres, tulipanes, capuchinas, narcisos, margaritas, rosas y lirios, organizados con espontaneidad al interior de jarrones que ocupan el centro de la composición (Daffodils, Still Life 1, 2002).

 

Se trata de afortunados juegos de formas y colores, donde las configuraciones esféricas de las flores contrastan con la angulosidad de los tallos, y donde las encendidas tonalidades de los botones y pétalos resaltan sobre las gamas neutras del fondo. Con todo, el artista va más allá al desprenderse de los floreros para permitir que girasoles, amapolas, lirios, agapantos y flores silvestres medren exuberante y libremente en la tela (Poppies in the Garden 7, 2004), convirtiendo sus naturalezas muertas en trozos de naturaleza rebosantes de vida.

En esa metáfora celebratoria de la potencia vital, en la elocuencia del lenguaje que traduce la energía de la naturaleza y su perpetuo fluir, en la apuesta por un género pictórico que renueva su capacidad expresiva para la sensibilidad posmoderna, en la fiesta colorística, en las vistas apacibles que devienen en una meditación, en la profunda emoción de la cual hace partícipe al espectador y en la revelación estética como canto de plenitud, en todo ello radica el secreto de la belleza de los cuadros de Antoine Gaber.

Argelia Castillo Cano, Uruapan, Michoacán, México
Agosto de 2005 

 

Argelia Castillo Cano – (México, D.F. 1958)

Socióloga. Colabora con artículos sobre cultura y artes plásticas en periódicos mexicanos como Reforma y La Voz de Michoacán, y en revistas especializadas como Art Nexus (Colombia-Estados Unidos), y es autora de textos sobre arte contemporáneo, aparecidos en diversos catálogos y publicaciones. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA) y del Comité Científico Internacional de la Bienal de Florencia, Italia. Ha sido profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, y coordinadora y traductora de numerosas obras de literatura y ciencias sociales para editoriales mexicanas como CONACULTA, Grijalbo, Océano y Trillas, y para organismos internacionales adscritos a la OEA y la ONU.